Velada Literaria Tazones

Con motivo de la velada literaria organizada por Ediciones Camelot en Tazones (Asturias), cuya temática era histórica debido al desembarco en esta zona de Carlos V, debíamos leer todos los participantes un relato o poema enmarcado en el siglo XVI. Gracias a ello pude escuchar muchos y muy buenos relatos y poemas de mis colegas de editorial.

Parte de la familia Camelot

En un principio el acto sería a bordo de la Nao Victoria pero como el Cantábrico es indomable, la tuvieron que retirar del puerto y nos trasladaron al edificio de la Cofradía de pescadores, el lugar no decepcionó ya que pudimos tener como sonido ambiente el rugido del mar.

 

A continuación os dejo el relato que preparé para la ocasión, espero que os guste:

Aún hoy siento en mí, el eterno balanceo, el chirriar de los mástiles y las lámparas colgantes. En cuanto pisé tierra recé por haber conseguido llegar  sano y salvo junto con mis hermanos. Cumplíamos así la primera etapa de nuestra sagrada misión en aquella basta y extensa tierra, repleta de un exuberante y aterrador verde, de árboles gigantes y exóticos que se apretujan entre ellos en busca de un poco de tierra y luz.

Los hombres que nos acogieron eran todo menos gentiles, la hostilidad en la que habían estado viviendo los había marcado de por vida. Atrás habían quedado aquellos primeros momentos de euforia por el descubrimiento de aquel terreno desconocido y virgen. Ahora de aquellos hombres valerosos, héroes de nuestro Rey y Emperador Carlos V, solo quedaba la violencia y la vileza ensalzada por aquellos que lejos de sus hogares se creen dueños y señores de todo cuanto ven. Rumores de esta enfermedad que achacaba a los españoles en el Nuevo Mundo, me habían llegado ya, pues no éramos los primeros hermanos que arribaban a estas fieras costas. Y algunos de ellos regresaron a la gran patria cuanto menos afligidos y consternados. En el momento de mi partida se respiraban aires de cambio, las discusiones acerca de los indios y su consideración de criaturas de Dios estaban a la orden del día. Por eso y por mi amor a la Santa Iglesia pedí que se me permitiera embarcar. Una decisión que me pesará para el resto de mi existencia. Ruego a Dios que bajo su manto encuentre el descanso eterno algún día, pues no solo a los horrores de los hombres me he tenido que enfrenar. Ya que en esta tierra inhóspita habitan seres malvados y tan extraños que mis conocimientos y mi fe no pueden dar explicación.

Comenzaré relatando el mismo día de los hechos para no extenderme en relatos sangrientos de tortura y vejación de los españoles hacía los indios. Ese episodio de mi viaje está a buen recaudo con la esperanza de que algún día llegue a oídos de nuestra Majestad el Rey, quien a buen seguro pondrá fin a esta barbarie cometida en nombre de la Corona, del Imperio y de Dios. Mi otra historia, espero que no vea la luz, ya que temo que se me pueda tachar de demente y que mis relatos sobre las desgracias de los indios se vean perjudicados. Sin más dilaciones expondré mi encontronazo con el mal más primitivo que habita en el Nuevo Mundo.

Tratábase de una tarde como otra cualquiera, salvo por el estado de ánimo de los soldados, quienes parecían más interesados que de costumbre en humillar a los pocos indios que nos quedaban. Así en un momento dado un soldado arremetió a golpes y puntapiés contra un indio que por allí pasaba. Éste, al verse tan salvajemente agredido huyó internándose entre la espesura de grandes y grotescas plantas. Exhorté al soldado de que fuese yo quien lo trajera de vuelta para evitar males mayores. Corrí en lo que me parecía la misma dirección que el joven pero no lo vi. Comencé a aminorar el paso, intentando fijarme más en la totalidad del laberinto verde y oscuro que me rodeaba, pero seguía sin distinguir a ningún hombre. No quería darme por vencido, pero con el paso del tiempo un terror se apoderó de mí, un temor visceral. Volví la mirada con la esperanza de saber volver sobre mis propios pasos. El corazón me retumbaba en el pecho y buscando consuelo recé, al principio susurrante y cada vez más alto. El sonido de aquellas palabras calmaba mi alma. Y entonces sin previo aviso, como siempre en aquel lugar comenzó a llover de forma rápida y copiosa. Una neblina de agua me imposibilitaba ver, pero allí estaba inquietante y oscura, una boca de piedra abierta en la tierra. Una cueva se abría ante mí, sin pensármelo demasiado acudí  a su refugio. Era amplia, llena de hierbas y plantas que colgaban tapizando las paredes. Y entonces me percaté de un leve destello que provenía de una esquina en la parte más interna de la cueva. Una gruta más estrecha se abría en aquel lugar. Pensé que el indio podía haberse escondido allí, así que me adentré, pero fuera se quedaron Dios y su Santa Iglesia, aunque yo eso no lo sabía. El interior parecía haber sido trabajado, tenía el ancho y la altura de un hombre. En algunos puntos había pequeñas antorchas encendidas. Por ellas me guié y me adentré en las entrañas de la tierra. Llegué a un punto donde las luces de las antorchas finalizaron. Movido por mi valentía, mi fe o por insensatez decidí coger la última antorcha encendida y continuar. En ese momento comenzaron los susurros, insistentes como cánticos. Mi piel se había erizado, temblaba mi cuerpo y mis pies dejaron de pisar tierra para tropezar con algo más blando y extraño, que cedía bajo mi peso. Bajé la antorcha para ayudar a mis ojos y unas falanges aparecieron al contacto con la luz. En mi terror y desconcierto solo vi un brazo tirado en el suelo y algunos restos más de huesos. No quise ver más y en mi huida atropellada, y bajo el influjo del más absoluto terror, distinguí una imponente estatua de piedra terrible y mórbida, de vivos colores y rostro siniestro. Por todos lados mi antorcha hacía aparecer sendos dibujos por toda la estancia en la que me encontraba. Imploré protección y misericordia a Dios. Pero mis ruegos se vieron ahogados por una mano que me aferraba la boca. Entonces el indio me susurró, con un hilo de voz arrastrando con su aliento cada sílaba: Xibalba.

Sesión fotográfica Évole

Con motivo de las representaciones teatrales que teníamos previsto hacer en las distintas presentaciones de la novela y también porque nos hacía ilusión, preparamos una sesión fotográfica con Andrea Holland caracterizada de mi protagonista principal. Para la caracterización y el maquillaje tuvimos la inestimable ayuda de Andrea Cueli Bardo, quien con unos cuantos trucos de maquillaje consiguió un acabado estupendo.

Una vez más el atuendo elegido es el propio de alguien que vaga por las Tierras Baldías, ya que resulta muy visual, sencillo y porque mantiene siempre ese aura de misterio sobre la protagonista.

Espero que os gusten:

Modelo: Andrea Holland Maquilla: Andrea Cueli Bardo
Modelo: Andrea Holland Maquilla: Andrea Cueli Bardo
Modelo: Andrea Holland Maquilla: Andrea Cueli Bardo
Modelo: Andrea Holland Maquilla: Andrea Cueli Bardo
Modelo: Andrea Holland Maquilla: Andrea Cueli Bardo