Xanthina

-Acuéstate. Pronto volverá, no querrás que te encuentre levantada.

Cada anochecer era similar, con la luz del sol se iba también la tranquilidad y la sonrisa de mi querida y débil madre. ¡Cuánto hubiera dado ella por mí, cuánto hubiera dado yo por ella! Temía aquellas palabras como si de una sentencia de muerte se tratara. Pero aquella bestia regresó como siempre sin previo aviso.

-¿Qué hace esta pequeña lagartija aun levantada? –Sus ojos desde mi insignificante perspectiva se veían como si albergaran en su interior mil almas torturadas, mil demonios.

-Déjala, por favor, ya se iba a dormir. –Una vez más intentó protegerme. Su figura, su cabello, su limpia mirada aun permanecen intactos en mis recuerdos, a veces creo ver sus tristes ojos entre la hojarasca del otoño.

-¡Cierra esa boca, maldita mujer! ¡No se te ocurra replicarme! ¡Ni siquiera supiste engendrar un varón en tu miserable vientre! –La apartó hacia un lado con tal violencia que hizo que chocara contra la robusta mesa donde comíamos y cayera al suelo. -¡Tú! Insignificante e inútil niña. –Se dirigió hacia a mí a grandes zancadas, alargó su mano, me agarró con excesiva fuerza por el brazo y me llevó a tirones hacia la puerta. Antes de cruzar el umbral me soltó y me sacó de la casa de un puntapié, que me hizo acabar en el fango que unos minutos antes la lluvia había amasado. Cuando estaba boca abajo en el barro oí como se cerraba de un fortísimo golpe la puerta de madera a mi espalda.

-¡No! Suéltame, aléjate de mí. ¡No! ¡Por favor, no! –Aun con mi cuerpo dolorido por la caída y los empujones, no pude dejar de pensar en ella, la oía suplicar entre gritos y sollozos. Hasta que los golpes la hicieron callar. Quizá se había resignado a que aquel infame ser tomara su cuerpo con crueldad y violencia cuando le viniese en gana. Claro que en mi tierna niñez no sabía que significaba la sangre en las faldas de mi querida madre, ni en las sábanas, ni por qué al día siguiente la encontraba intentando limpiarse de una suciedad que mi infantil mirada nunca vio.

Aquella noche la pasé en el establo, no era la primera vez, de hecho me había preparado un pequeño refugio con mantas para escapar del frío de la noche.

-Mi niña, despierta. –Aun con sus bellas facciones deformadas por los puños de su torturador, guardaba para mí la más dulce de sus sonrisas.

Amanecía así un día más, en la pequeña aldea, alejada de la modernidad de la polis. Con la marcha de la bestia parecía que la vida volvía a renacer, excepto en los apesadumbrados ojos de mi madre, que limpiaba en el río las manchas de sangre de aquella noche. Volvimos a casa tras lavar algunas ropas y recoger algo de agua del río, yo la acompañaba como una sombra en sus tareas diarias.

-¿Dónde está esa maldita pornai? –Oímos sus gruñidos desde lejos, vociferaba y le veíamos hacer aspavientos. Mi madre se acercó a nuestra casa cabizbaja sabía lo que le esperaba en cuanto estuviera a su alcance.

-Xanthina, vete directa al establo. –Me quedé mirándola con los ojos llorosos, no quería dejarla en manos de aquel ser despiadado y sin corazón. La agarré por la falda. –Hazme caso por favor, obedece. –Al tiempo que decía esas palabras mi padre se acercaba con pasos firmes hacia nosotras. Me encogí y tapé mi diminuta cara con mi brazo para evitar en la medida de lo posible el daño del golpe. Entonces por alguna razón el golpe no llegó. Cuando retiré mi brazo para mirarle, su cabeza estaba vuelta hacia el bosque, con la mirada clavada en la espesura del bosque, la piel de su cara perdió su color, sus facciones se contrajeron. Mi madre con la rapidez de un relámpago se abalanzó sobre mí, me cogió por el brazo, y me llevó corriendo al establo. Mientras me llevaba casi en volandas miré hacia atrás y vi a mi padre correr a esconderse, ni siquiera se había vuelto para mirarnos.

La gente sabía lo que se avecinaba, unos corrían hacia los cultivos, otros se guarecían en sus casas con las puertas y ventanas cerradas y algunos se habían quedado petrificados mirando hacia los árboles.

-Quédate aquí tranquila Xanthina, muy quietecita, sin hacer ruido. Aquí nadie te encontrará. Yo te protegeré mi niña. –Habíamos entrado en el establo, me escondió tras un montículo de heno. Estaba asustada no sabía que pasaba y vi a mi madre salir del establo. Me quedé inmóvil. Pasaron unos minutos y mi madre no había vuelto. Me afané por escuchar y entonces lo oí, multitud de cascos de caballos que se acercaban a galope. En cuanto los caballos entraron en la aldea el sonido de los cascos se nubló bajo el sonido del metal contra el metal, el metal contra la carne, desgarrándola, sonidos de multitud de flechas, gritos de dolor, llantos de niños, suplicas y rezos. Me acerqué muy despacio a la estructura de madera que mantenía en pie el  techo del establo, había pequeños huecos por los que podía mirar fuera, busqué a mi madre con la mirada. Y entonces la vi, estaba lejos pero la distinguí, de espaldas a mí, de rodillas cabizbaja, no entendía lo que hacía, ¿por qué no venía conmigo al establo?, ¿por qué no huía como hacían los demás? Vi las grandes y fuertes patas de un caballo acercarse a ella con paso firme pero tranquilo, busqué nerviosa otro hueco en la madera por el que poder mirar para ver al jinete que montaba a aquel poderoso animal, al fin lo encontré y espié por el nuevo agujero. Nunca había visto nada igual, las leyendas se materializaron ante mí. Su postura era erguida, orgullosa, miraba a mi madre desde lo alto pero sin agachar la cabeza, sus hombros y brazos eran fuertes, regios. Todo en aquella figura era imponente. Entonces mi madre giró la cabeza, vi que miraba hacia el establo,  señaló hacia mi escondite. Estaba confusa, no sabía por qué me delataba, creía que me protegería. La imponente figura hizo andar al caballo hacia donde yo estaba, miré a mi alrededor quería esconderme, desaparecer. Oí que se posaba y se adentraba en el establo, con paso firme, solo el sonido de su caminar hacía que temblara todo mi cuerpo. Me había guarecido detrás del heno, imploraba a los dioses que no me encontrara, cerré mis ojos y cuando los abrí allí estaba, de pie mirándome con desdén. Todo su cuerpo había sido moldeado por los campos de batalla en los que había luchado, por su apariencia debían haber sido muchos, pude distinguir cicatrices y marcas por sus brazos y piernas, sí, sus piernas, me sorprendió poder vérselas en gran parte, las llevaba casi al descubierto, supuse que para tener más y mejor movilidad a caballo. Hubo algo sin embargo que me desconcertó, un rasgo que nunca había visto antes, uno de sus pechos no hacía bulto bajo la ropa.

-¿Cuántos años tienes?-Su voz se acoplaba a la perfección con su apariencia, firme y arrogante.

-Siete. –Lo dije casi para mis adentros.

-Está bien, parece que aun eres joven.- Me cogió en brazos y me llevó hasta su caballo, no me atreví a revelarme, me quedé petrificada. En cuanto estuve montada sobre el ancho y fuerte lomo me di cuenta de que la distancia que había hasta el suelo era enorme. Se subió al caballo con asombrosa destreza y agilidad tras de mí.

-¡Ainia!, debemos marcharnos, hemos llevado a cabo la misión con éxito, regresemos. –Alguien se dirigía a mi captora. En ese mismo instante el caballo se puso en marcha a gran velocidad. Intenté buscar a mi madre con la mirada, entre los numerosos cadáveres que había esparcidos por toda la aldea, no entendía por qué dejaba que me llevaran. Logré verla, seguía de rodillas, esta vez me sonreía, alzó sus manos dirigiéndose a mí. Esa fue la última vez que la vi.

·                  ·                  ·

El sol se está escondiendo no esperaremos mucho más, está ahí, tan cerca. Ha cambiado mucho desde la última vez que la vi, no se parece en nada a la aldea de mis recuerdos. Ya es la hora. Aunque su cuerpo ya no es el que era Ainia sigue siendo la más temible y rápida de todas, a pesar de que los años y las luchas han dejado varias huellas en su cuerpo, su presencia sigue siendo tan imponente como el día que la vi por vez primera. Nos ordena atacar. Nos abalanzamos como un vendaval sobre ellos, las órdenes son bien claras, solo a los hombres, así es como debe ser. Con una rapidez que asombra los reducimos, los aniquilamos, les infundimos el más terrible de los miedos en sus ojos.

-¡Queda uno! Aquí, el muy desgraciado se había escondido en su casa bajo una trampilla del suelo, dejando a sus hijos fuera. –Evandra, le trae ante nosotras. Hace que se arrodille e incline su cabeza hacia abajo, levanta su espada…

-¡Pornias, sucias y asquerosas!- Esa voz, taladra mis sentidos, nubla mi mente. Una avalancha de recuerdos me inunda por dentro.

-¡Evandra, detente! –Evandra me mira sin comprender. El hombre levanta su cabeza y me mira, su expresión al principio desafiante y llena de furia se va relajando poco a poco.

-¿Xanthina, eres tú?

-Ese ya no es mi nombre. –Tenso mi arco, con más fuerza que nunca, apunto a la garganta del hombre arrodillado. –Tu vida debió terminar hace mucho tiempo, pero no te preocupes yo pondré fin a eso. –Libero al fin la flecha que corta el aire con su perfecta y afilada punta. Todas permanecen en silencio, es un círculo de dolor que se cierra, alguna de ellas lo saben bien, cada una a su manera, cada una con sus propios y dolorosos recuerdos, pero casi siempre con el mismo fin.

Sin previo aviso veo a una niña salir de una casa cercana, apenas sabe caminar, llora mientras mira el cuerpo sin vida que yace en el suelo. Aun siendo tan pequeña asoman en sus brazos algunos moretones, siento náuseas y lamento no haberle hecho sufrir mucho más. Me acercó a ella, le limpio las lágrimas, la cojo en brazos y nos la llevamos con nosotras. Me odiará, seguro, aunque con el tiempo se le pasará. La criaremos como un día me criaron a mí. La llevo montada a lomos de mi caballo, delante de mí, se gira para mirarme y entonces lo veo, veo la hojarasca del otoño en sus grandes y preciosos ojos.